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Molto allegro ed appassionato
2019.02.01 Ritorno del figliol prodigo di Rembrandt

La grandeza del corazón de Dios

Reflexión sobre el Evangelio del Cuarto Domingo de Cuaresma (San Lucas 15, 1-3.11-32): nos invita a vivir con un corazón abierto, dispuesto a perdonar y a reconciliarnos.

Héctor López Alvarado*

Hemos llegado al cuarto domingo de Cuaresma, el llamado Laetare, o “domingo de la alegría”, un momento en medio de nuestro camino penitencial que nos invita a experimentar gozo, ya que nos acercamos a la solemnidad de la Pascua.

Esta alegría no es simplemente un consuelo pasajero, sino una llamada a la esperanza, a la reconciliación y al regreso a la casa del Padre, que nos acoge siempre con amor.

La Cuaresma es un tiempo propicio para tomar conciencia de nuestra condición de pecadores, necesitados de la misericordia divina. Como el hijo pródigo, hemos emprendido un itinerario penitencial que nos invita a regresar al Padre, un Padre misericordioso que no solo nos perdona, sino que nos recibe con una fiesta.

Y precisamente en este domingo de la alegría, se nos recuerda que nuestro camino cuaresmal no es solo de penitencia, sino también de esperanza, como nos exhorta el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año: “Caminemos juntos en la esperanza”.

Clave de lectura

El Evangelio de hoy (San Lucas 15, 1-3.11-32) nos presenta una de las parábolas más hermosas y profundas de Jesús: la parábola del hijo pródigo, un relato que nos invita a reflexionar sobre la infinita misericordia de Dios. El evangelista San Lucas, quien es conocido por su especial énfasis que hace en la misericordia de Dios, nos ofrece en este capítulo 15 tres parábolas que revelan la acción del Padre que busca y acoge lo perdido: una oveja, una moneda y un hijo. Jesús, al contar estas parábolas, responde al reproche de los escribas y fariseos que lo acusaban de recibir a los pecadores y comer con ellos.

La parábola del hijo pródigo es especialmente significativa porque pone de relieve la grandeza del corazón de Dios, representado en el padre que recibe a su hijo, un hijo que, habiéndose alejado, regresa arrepentido. Este relato no solo describe el camino de conversión del hijo menor, sino que también revela la actitud de los que, como el hijo mayor, se creen justos y no comprenden la generosidad del Padre. De esta manera, San Lucas nos invita a reflexionar sobre la misericordia de Dios, que es infinita y siempre dispuesta a acoger al pecador arrepentido.

Veamos ahora nuestra realidad

Al mirar nuestra realidad actual, podemos ver cómo vivimos en un mundo marcado por profundas divisiones. Las polarizaciones sociales, políticas y religiosas parecen ir en aumento, y la empatía y el perdón se ven cada vez más amenazados. Vivimos tiempos en los que muchas veces se busca castigar y rechazar a quienes han errado, sin ofrecerles una oportunidad para la reconciliación. En este contexto, la misericordia parecería ser un valor en peligro de extinción.

Además, en un mundo que constantemente nos ofrece distracciones y promesas de gratificación inmediata, muchos, especialmente los jóvenes, buscan respuestas en el materialismo y el hedonismo, olvidando los valores humanos y cristianos.

Ante la constatada descomposición del tejido social, las relaciones familiares y comunitarias también se ven afectadas.

La soledad, la desconexión y la búsqueda de pertenencia en lugares equivocados, nos recuerdan que, al igual que el hijo pródigo, también nosotros a veces, consciente o inconscientemente, nos vamos alejando del verdadero hogar y de la verdadera fuente de amor y esperanza.

Sin embargo, al igual que el hijo pródigo, todos estamos llamados a reflexionar sobre nuestras decisiones y a regresar a la casa del Padre, confiados en su misericordia infinita.

¿Cómo ilumina nuestra realidad la Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia?

Y precisamente, el Evangelio de este cuarto domingo de cuaresma, nos invita a ver el corazón de Dios, el cual es siempre paciente, generoso y dispuesto a recibir a quien se arrepiente. El padre de la parábola no solo perdona a su hijo, sino que lo acoge con una fiesta, un gesto que revela el amor incondicional de Dios. Esta parábola nos recuerda que, aunque a veces podemos alejarnos y cometer errores, siempre hay un camino de regreso. Dios no espera que seamos perfectos, sino que, con humildad, reconozcamos nuestra necesidad de su misericordia.

El hijo menor representa a aquellos que buscan la satisfacción en cosas pasajeras, sin tener en cuenta las consecuencias. Su regreso a la casa del Padre no solo es físico, sino también espiritual, un acto de humildad y arrepentimiento.

El padre, por su parte, no exige una justificación ni castiga al hijo, sino que lo recibe con los brazos abiertos, sin reproches. Este gesto de misericordia es el reflejo del corazón de Dios, que siempre está dispuesto a perdonar y restaurar.

El hijo mayor, por su parte, representa a aquellos que, aunque parecen ser fieles y justos, no comprenden la magnitud de la misericordia de Dios. Su rencor y su falta de comprensión del amor del padre lo alejan de la verdadera alegría y reconciliación. Al igual que el hijo menor, el hijo mayor también necesita experimentar el perdón y la generosidad del padre. Nos dice el Papa Francisco en su comentario a este pasaje del Evangelio que:

Tanto el uno como el otro, necesitaban experimentar la misericordia, por eso, el padre invita a ambos a hacer fiesta, pues la lógica de la misericordia no entiende de premios o castigos, sino de acoger a todo el que necesita misericordia y perdón” (Audiencia General 11.05.2016).

¿A qué nos invita el Evangelio de hoy?

La gran enseñanza de esta parábola es clara: estamos llamados a acoger y perdonar a todos los que erran, sin importar la magnitud de sus errores. El evangelio del cuarto domingo de Cuaresma nos invita a vivir con un corazón abierto, dispuesto a perdonar y a reconciliarnos.

En este Año Jubilar de la Esperanza, somos llamados a ser portadores de esperanza, a vivir la misericordia de Dios en nuestras relaciones diarias, a perdonar a aquellos que nos han herido y a extender la mano a quienes se sienten alejados.

El perdón es una herramienta poderosa para sanar las heridas del mundo. Al igual que el padre de la parábola, debemos aprender a acoger a los demás con amor y sin juicios, reconociendo que todos estamos en el mismo camino hacia la reconciliación con Dios.

En un mundo fragmentado y polarizado, la misericordia es el antídoto para la división y el resentimiento. Este es el reto que nos presenta la Cuaresma: caminar juntos en la esperanza, siendo instrumentos de paz y perdón.

Redescubrir la misericordia de Dios para vivir con esperanza

El evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos llama a la conversión, a redescubrir la misericordia de Dios y a vivir con esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Y precisamente, la parábola del hijo pródigo nos recuerda que siempre hay una oportunidad para regresar a la casa del Padre, para reconciliarnos y renovarnos en su amor. En un mundo en el que enfrentamos tantos y grandes desafíos, la misericordia es la luz que puede sanar nuestras heridas y restaurar nuestra humanidad. Caminemos juntos hacia la Pascua, siendo testigos y portadores de esa esperanza que nunca se apaga.

¡Que el Señor nos conceda la gracia de ser misericordiosos, como Él lo es con nosotros!

*Obispo auxiliar de Guadalajara - México, y presidente de CEPCOM

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