30 años de Evangelium vitae: La intuición visionaria de Juan Pablo II
Dorota Abdelmoula-Viet - Ciudad del Vaticano
Han pasado treinta años desde la publicación de la Carta Encíclica Evangelium vitae, pilar de la enseñanza de la Iglesia sobre la santidad de la vida humana. ¿Cómo ha inspirado y sigue inspirando este documento a la Iglesia? ¿Sigue siendo hoy un punto de referencia?
Evangelium vitae (EV) es un pilar de la enseñanza cristiana sobre el valor inalienable de toda vida humana. San Juan Pablo II había previsto que las gravísimas formas de violación de la vida de los más débiles, de los pequeños, de los frágiles, no eran más que la expresión de una idea perversa de la libertad, que transforma el crimen en ley, oscureciendo la capacidad del hombre para comprender que la libertad es tal cuando sabe responsabilizarse de la vida del hermano que tiene al lado. No es casualidad que la encíclica se abra con la pregunta de Dios a Caín: «¿Qué has hecho?».
Aún hoy, esta pregunta resuena en el magisterio actual, desde Evangelii gaudium hasta Dignitas infinita: las gravísimas formas de violación de la vida humana no han disminuido, al contrario, y la Iglesia quiere más que nunca reafirmar con fuerza el valor de la vida y formar las conciencias en la comprensión de este valor, que no significa sólo «no matar», sino crear las condiciones para que cada persona pueda alcanzar la plenitud de vida a la que está llamada por el amor de Dios.
Por eso Dignitas infinita actualiza el mensaje de EV: no sólo explica por qué la dignidad humana debe ser respetada siempre, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que ha ampliado nuestra mirada a situaciones sociales, respecto a las cuales parece que ya no somos capaces de ver que son violaciones de la dignidad de la persona: pienso en las desconcertantes guerras que nos rodean, en las nuevas formas de pobreza, en el trabajo inhumano de los migrantes, en la violencia contra las mujeres y los niños, en los abusos sexuales también a través del mundo digital, que devastan y destruyen la vida de miles de familias. Recordemos que el valor de la vida no es sólo un valor católico, sino laico, universal, pertenece al hombre como tal y todos pueden comprenderlo y compartirlo. Y es indisponible, es decir, nadie puede disponer de él, ni siquiera quien lo posee. Hoy luchamos por comprender esto en un mundo lleno de relativismo, que se traduce en leyes a menudo injustas, que nos confunden con respecto al hecho de que toda vida humana es en realidad siempre un bien. Y ya sabemos que esta confusión, de un modo u otro, se manifiesta en todas las culturas, en todas las partes del mundo.
¿Existen propuestas y modos concretos con los que las Iglesias puedan volver a proponer el mensaje de la Evangelium vitae?
Ciertamente, releer la encíclica junto con Dignitas infinita, que reafirmando EV, sigue abriendo una puerta a la esperanza, que necesitamos: la vida vence, esto es lo que nos enseña el Evangelio. Pero hay que formar las conciencias para que las personas puedan realmente hacer «elecciones de vida»: el aborto, la eutanasia, la violencia, la cultura del descarte destruyen a quien las realiza, no sólo a quien las sufre, generan un enorme sufrimiento.
Por eso es el momento de intentar construir una verdadera Pastoral de la Vida Humana en diócesis y parroquias, y formar a los agentes de pastoral, educadores, profesores, padres y jóvenes en el respeto a la vida. No hay que imponer normas, sino transmitir valores, sabiendo argumentarlos en su verdad, pero también mostrarlos en su impactante belleza. Qué importante es que los jóvenes de hoy experimenten el servicio a la vida, el don de su tiempo a los necesitados: sólo así se sienten útiles, descubren el sentido de su vida y luego la vocación o la llamada a una profesión que se convierte en servicio a la vida. También hay que formar a los futuros sacerdotes, en los seminarios y después: para que sepan guiar a los jóvenes y a las familias hacia la verdad y el bien; esta formación falta hoy frente a la necesidad de acompañamiento que existe en el mundo.
Por eso nuestro Dicasterio publicó ayer, en vísperas del aniversario de EV, un subsidio pastoral titulado «La vida siempre es un bien», con sugerencias a las Iglesias particulares para que inicien procesos y construyan en las conferencias episcopales y en las diócesis, donde hay oficinas de Familia y Vida, una pastoral de la vida humana. Hay iniciativas aquí y allá, pero a menudo son aleatorias y esporádicas. Deben crearse mesas de trabajo permanentes para planificar un compromiso concreto y permanente de formación de los fieles en la protección y promoción de la vida y la dignidad de la persona. Para nosotros, como Iglesia, este aniversario no es sólo una ocasión de celebración, sino que debe ser una oportunidad para una acción eclesial decidida en favor de la vida.
¿Cómo acompañará el Dicasterio a las Iglesias en la aplicación de este subsidio y en la pastoral de la vida humana?
En los próximos meses iniciaremos encuentros en línea con las oficinas de familia y vida de las conferencias episcopales de todo el mundo, para que sean acompañadas en la puesta en marcha de procesos de planificación y estructuración en las diócesis de una pastoral de la vida. Con el método del discernimiento sinodal, cada uno podrá trabajar a partir de su propia realidad cultural y social e identificar prioridades sobre temas, métodos de formación, acción pastoral. Por eso, el subsidio que proponemos, que se puede encontrar en la página web del Dicasterio, no profundiza en temas individuales sobre la vida, de los que el Magisterio se ha ocupado ampliamente, sino que esta vez propone un método sinodal de discernimiento para que la «cultura por la vida» se convierta en una preocupación constante para saber acoger y acompañar siempre la vida.
Entre otras cosas, este trabajo no es sino una aplicación más del Pacto Mundial por la Familia, que prevé la colaboración entre las universidades católicas -que cuentan con institutos de investigación y formación para la familia y la vida- y las diócesis, con el fin de formar a los laicos según las prioridades y necesidades pastorales de las Iglesias particulares.
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